De la paz total a la guerra total

Ilustración del Informe Final de la Comisión de la Verdad.
"Tuluá tuvo que traumatizarse para poder convencerse de que quien dirigía toda esta matazón era León María Lozano, el antiguo vendedor de quesos de la galería, el mismo que iba a misa todos los días donde los salesianos y a las seis de la tarde se encerraba en su casa a cuidar de los pavorosos ataques de asma que le daban casi a diario con  silbido de sepulcro, ahogo de moribundo y carrera al patio en busca de aite puro". 

Así retrata magistralmente Gustavo Álvarez Gardeazábal, en su novela cumbre "Cóndores no entierran todos los días", a quien fue El Cóndor, el " más temido "pájaro" de la lejana época de La Violencia (1946-1958), durante la que fueron asesinadas unas 300 mil personas y casi 3 millones fueron desplazadas. Fue la primera de muchas violencias que vinieron después.

Hoy esas violencias tienen una nueva expresión. De un tajo, Abelardo de la Espriella acabó con las opciones de paz, pese a que algunos procesos estaban en buen momento el 7 de agosto, cuando Gustavo Petro terminó su periodo presidencial: prefiere la guerra total a la paz total de su predecesor. Y la prefiere con una mezcla de simbología religiosa y preferencia por la muerte, como ocurrió con León María Lozano. Lo anunció desde la campaña electoral, regresando al país a muchas décadas atrás. Ni siquiera Iván Duque (2018-2022) se atrevió a tanto, a pesar de su anuncio de hacer trizas el Acuerdo de Paz de 2016 con las extintas FARC.

No solo De la Espriella proclamó que emprendería una ofensiva sin cuartel contra grupos armados ilegales y las mafias del narcotráfico, sino que amenazó acabar con la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), tribunal de justicia transicional surgido a partir del Acuerdo de 2016, que ha logrado establecer responsabilidades en delitos de lesa humanidad de exguerrileros y de exmilitares. Desconoce la reforma agraria (parte central de ese Acuerdo para desactivar una de las causas objetivas de las violencias en Colombia), al punto que en la Agencia Nacional de Tierras prohibieron usar ese nombre durante este gobierno. A esto se suma el nombramiento en el Centro Nacional de Memoria Histórica a alguien que niega la existencia del conflicto armado en el país. Además, ha anunciado que cerrará la consejerias de Paz, de Derechos Humanos y la que hace seguimiento al Acuerdo de Paz de 2016.

Lo que está sobre la mesa es el retorno de la guerra como prioridad, con varios bombardeos en los que han muerto menores de edad; el no rotundo a cualquier negociación de paz y el cambio drástico en la atención a las comunidades afectadas por el abandono estatal y que tienen una fuerte incidencia de economías ilícitas y de actores armados en sus territorios. Este gobierno no se refiere para nada a la transformación de los territorios para superar los factores que permiten la presencia de grupos armados ilegales y el reinado de los cultivos de uso ilícito y la minería ilegal.

De ese menú de decisiones está la amenaza directa de De la Espriella al gobernador de Nariño, Luis Alfonso Escobar, de tomar medidas contra él si sigue en los diálogos con las disidencias del ELN y de una facción de las FARC que no aceptó el Acuerdo de 2016, con los cuales se lograron importantes avances en entrega y destrucción de armas y explosivos, en sustitución de cultivos de uso ilícito y en la reducción significativa de homicidios en sus zonas de influencia.

De la Espriella, un ateo confeso, utilizó la religión como estrategia de campaña para convencer a sectores de las iglesias cristianas, con el uso contradictorio de símbolos católicos, y la presencia en tarimas de pastores y sacerdotes, en un falso ecumenismo y clara evidencia de que se trata de una actuación por conveniencia y no de una "conversión exprés".

Como es un montaje teatral, los valores morales no tienen cabida, y no extrañaría que ahora los consejos de ministros terminen con la rezada del rosario o con sesiones de exorcismo. A propósto de moral, en estos días, De la Espriella se paseó por entre bolsas de cadáveres de miembros de grupos armados muertos por la Fuerza Pública, en un gesto macabro, nunca visto siquiera en las peores dictaduras del continente o de otras latitudes. Se trata de una claro mensaje de terror para la población, no para los integrantes de los grupos armados, de lo que serán los próximos cuatro años.

León María Lozano, como lo cuentan en Tuluá y como lo relató Gardeazábal en su novela, era católico desde niño, militante del Partido Conservador y terminó siendo el jefe de una banda de asesinos de liberales hace más de 70 años. Usó la religión para espantar las culpas y justificar su accionar.

El peligro, hoy, es emplear la justificación religiosa para emprender cruzadas que exacerben el fanatismo de quienes prefieren el linchamiento y la justicia por su propia mano en lugar del monopolio de la justicia y la ley. El peligro es que se proscriba el derecho a la paz y se legitime la violencia y la guerra como vía. 

Posdata 1. Curiosamente, el actual gobierno tiene como uno de sus paradigmas ideológicos a Laureano Gómez, el mismo que guió el accionar de León María Lozano, jefe conservador de entonces, seguidor del fascismo y responsable en buena medida de la época de La Violencia.

Posdata 2. El 7 de agosto se pasó del símbolo del Libertador Simón Bolívar a Laureano Gómez. 'El Monstruo'.

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